Wednesday, January 7, 2009

JADRANKA EN BLANCO Y NEGRO


 La conocí en un sueño, pero no estoy loco. Lo juro, era ella, y se ponía la misma minifalda cada vez que yo aparecía en la sala de su casa. No sé por dónde entraba, yo solo conocía la sala, el armario de libros y el espejo allá, del otro lado. Claro que en los sueños pueden pasar todas estas cosas. Quien no tiene sueños recurrentes. Pero no estoy loco, era ella y aparecía en mis sueños con su sonrisa en blanco y negro, con sus ojos en blanco y negro, y me decía “me llamo Jadranka, Jadranka, óyelo bien, Jadranka, no lo olvides.” Y no me dejaba pasar más allá de la sala y yo tampoco quería ir más allá de la sala porque esa casa no era mía y ella reía tan estrepitosamente que me hacia sentir ajeno. Quiero decir que soñaba a menudo con la misma mujer, tan a menudo que un día empecé a extrañarla despierto. Pero no estoy loco, para nada. Un día soñé con ella y me preguntó “¿en qué piensas?” y empezó a reír tanto que no pude responder lo que quería responder, que en realidad estaba pensando en ella cuando reía en mis sueños. Y tal vez le hubiera dicho también que todo lo que había allí era mío, su sonrisa, sus ojos en blanco y negro, sus piernas flacas, sus pelitos de plástico, sus labios pintados con acuarelas. Sin embargo solo me quede en silencio con unas ganas de decirle “cállate barajo, que este sueño es mío” Y ella volvió a recordarme, “me llamo Jadranka, ¿lo recuerdas? Jadranka, ja-dran-ka” Y otra vez quise decirle, “Flaca de mierda, cállate que todo esto es mío”, pero solo atine a pensar “yo no soy tan bruto como piensas”, porque en los sueños, creo yo, no es necesario decir las cosas, solo basta con pensarlas. Y ella otra vez soltó su carcajada en blanco y negro y yo del coleron cerré los ojos y desperté y de inmediato ya la estaba extrañando.

Jadranka, mi vida, no estoy loco, te lo juro. Los días pasaron soñando con la misma mujer. La misma casa. Esta bien, doctor los sueños son así. Era una mujer bonita, no debí matarla, en fin, sabia demasiado de mis intimidades, y se enteró de lo del espejo, si pues, recuerdo ese día, me dijo así, toda mandona: “Mírate al espejo” y yo todo obediente fui corriendo a mirarme y yo no estaba allí, sino un niño triste, que me miro con sus ojos tristes y sus cabellos tristes, y todo en blanco y negro doctor, y el niño triste me miró como acusándome de toda su soledad, dio media vuelta y se fue caminando hasta el mar y allí se perdió como si fuera un pez. Y esa fue la única vez que Jandranka ni siquiera sonrió, sino que me miró con sus ojos en blanco y negro de ironía, se acomodó la blusa granate que también debía ser mía porque todo eso estaba ocurriendo en mi sueño, doctor, y ¿sabe lo que esta concha de su madre me dijo doctor? Que “qué carajo hacia yo fuera del espejo”. Y entonces desperté doctor, porque de lo contrario otro gallo hubiera cantado. Entonces, ya muy hastiado de esta flaca, perturbándome todas las noches, salí a buscarla, porque, para esos días, yo ya tenia la certeza que venia de alguna parte y no de mis sueños, doctor, sino de carne y hueso, y me fui por el mundo e ¿imagínese que?, Allí estaba, en la misma casa, que desde luego no era mía, porque de dónde pues doctor, yo con estas fachas, ni para soñar con una hermosa casa de playa, y tal como siempre, me dijo: “Yo me llamo Jadranka” con esa minifaldita de porquería, y esas piernitas flacas de muñeca barbie, riéndose de mí, aunque esta vez pareció sonreír y diría yo que hasta se alegró de verme. Pero de todas maneras, ya era demasiado tarde para arrepentimientos y me dije a mí mismo -a lo que vinimos negro- Y ¿qué quería doctor? Pero no estoy loco, se lo juro. Sabe una cosa, a cualquiera le pasa, ese niño no era mi hijo, sino yo mismo, y ella lo sabia. Pero ¿cómo pudo saberlo? Tú fuiste la culpable Jadranka por abrir la bocota, tú y tus ojos en blanco y negro, porque fuera de mis sueños también tenían el mismo color. ¿Cómo la mate? Le tape la boca con un beso hasta que dejo de respirar por completo, luego la cargue entre mis brazos y como no conocía otro lugar en la casa nos metimos al espejo y salimos hacia una playa inverosímil, y esto si no me lo va a creer doctor, pero al llegar a la playa, ella seguía con los ojos abiertos y sentí que no era justo que no sufriera nada, la reviví con otro beso y la deje en la arena para que se ahogara a solas, pero empezó otra vez a reírse y me ordenó que le hiciera el amor y yo no quise, no pues, como se le ocurre, si era casi una niña, así que le confesé que había venido a matarla y ella miro al mar y ya no dijo nada, si no que empezó a cavar en la arena una enorme puerta, entró en ella y después el mar la borro como si no hubiera pasado nada. Caminé hacia el espejo, salí hacia la casa y ya no era la misma, no, habrían pasado unas tres décadas en cada pared y a mí me dolía todo el cuerpo de esa vejez tan repentina. Sobre la mesa había una nota que decía: “no te olvides de romper el espejo cuando te marches”

Era el mar, doctor, el mismo mar de mi niñez, la enterré allí, en mis sueños, y desde entonces no he dormido, para que la policía no pueda encontrarla

 

Ángel García Núñez

New York, Octubre 2008

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