Es poco probable que uno en su sano juicio se le ocurra confesarle a la esposa que le ha sido infiel, recientemente y con una mujer de carne y hueso. Yo no sé si habrá sido el aburrimiento de estos días, la mera estupidez o algún arrebato de vanidad, pero yo decidí contárselo.
No es que esta sea la primera vez que le he sido infiel, la verdad, han sido tantas veces que ya he perdido todo vestigio de remordimiento. Es más, creo que jamás he sentido remordimiento alguno, ya que nunca he podido entender el concepto de infidelidad. Mis aventuras han sido siempre libres y exploratorias, destinadas a cubrir vacíos endémicos que me han ocasionado la soledad o los amores no correspondidos. Diría yo, que mis infidelidades han sido el soporte de nuestro largo y feliz matrimonio.
Sin embargo, en estos días, cuando ya había desechado esas escapadas nocturnas y viajes repentinos, porque uno a los cuarenta ya no esta para esos trotes y aparte de que las viagras salen muy caras y son hasta peligrosas y uno termina por resignarse a lo que dios quiera y cuando lo disponga porque ese asunto del sexo deja de ser cosa de todos los días y se convierte en algo de muy poca frecuencia, a mi se me ocurrió tirarme una canita al aire.
Yo no quiero palanganear como dicen en mi pueblo, pero el otro día conocí a una chinita que me saco del invernadero. Joven, chiquita y delgada, lo suficiente como para pasar por menor de edad. Caminaba por la Séptima avenida frente al Madison Square Garden, se acercó a preguntarme algo que no entendí porque ni ella hablaba mucho ingles ni mucho menos yo he podido aprender chino. Después de varios intentos entendí que ella quería llegar a Grand Central, y desde luego, como imaginaran, yo me ofrecí de guía y en vez de llegar a la famosa estación del tren, terminamos en Central Park, (Que para el caso, entre dos lenguas tan distintas, estábamos bastante cerca) No fue precisamente una tarde romántica, fue mas bien una batalla lingüística y gesticular que terminó con un beso apasionado y una cerveza bien fría en un bar irlandés de Tribeca, el Raccoon Lodge.
Mis avances fueron, de apasionados a febriles, brincando la barda de la precaución hacia los peligrosos terrenos de la locura, y sin reparar en dudas ni murmuraciones, ni escándalos pre-andropausicos, terminé con mis preciados bigotes de un solo navajazo, visite spa’s y centros de revitalización. El pecho me quedó “calvo” y la espalda desbaratada por los masajes de urgencia y la cara empapada de cremas y mazamorras milagrosas. Vestido de Arman, Kenneth Cole y De La Renta, terminé por sentirme otra vez, treinton. Sin embargo una tarde después de todo esto, frente al espejo y al caer en cuenta de que también me había depilado las cejas, rizado las pestañas y pintado las uñas con un esmalte rozado, entendí que solo parecía un viejo disfrazado de marica.
La ultima vez que vi a Yinzi, la china de mí ultimo arrebato, fue en un motel de mala muerte. Se despidió con una ceremonia oriental, tomamos té en una chapita de cerveza y luego quemé la última viagra del pomo. Al día siguiente, ella se embarcó en un avión Express y volvió a lo más recóndito de la provincia de Hunnan. Yo me quede aquí, en New York, más solo que nunca y con la urgente necesidad de contárselo a alguien. Así comenzó esta ridícula historia. Si tan solo hubiese guardado en secreto mis aventuras como solía hacer, pero no, tenia que alardear, palanganear, panudear, o como quieran llamarlo ustedes. Para mí era solo la necesidad de ser escuchado, de que alguien me creyera, que a esa hora de mi vida y con tantas batallas de amor perdidas y ganadas y por último con tantas responsabilidades y recatos de última hora, había cruzado por una adolescencia repentina, en todo el sentido de la palabra.
Organicé una fiesta en casa, algo así como un reencuentro familiar y amical, y planee contar la historia como he contado tantas otras cosas de mi vida, en primera persona y con lujo de detalles. Sin embargo nadie quiso escuchar esta vez, las circunstancias eran otras, el tópico fue la guerra, la crisis económica y nadie estuvo de humor como para prestar atención a mis payasadas. Después de las dos de la mañana todos se marcharon y nos quedamos en el sofá, mi esposa y yo y la última botella de Shiraz que quedaba sobre la mesa. Bebimos algunas copas celebrando lo bien que habían salido las cosas y lo desordenada que estaba la casa después de la fiesta.
-Y que bueno que esta vez tú no saliste con ninguna de tus ocurrencias- Agrego ella.
A mí entonces se me ocurrió hablar, di varias vueltas entre excusas y terrenos llenos de justificaciones, como una mosca rondando un pastel, porque después de todo ya sin público no salen igual las payasadas. Pero después de aventarme un trago descomunal de Shiraz me tire sobre el asunto.
-Sabes querida- dije fingiendo nerviosismo para ocultar mi frustración – Ayer te fui infiel.
Mi esposa tomó la botella de Shiraz y volvió a llenar su copa, saboreo sorbo a sorbo la acidez sutil del vino, me miro con lástima y compasión pero sonrió como diciendo <
-Estoy muerta de cansancio.
Allí me quedé, solo en el sofá, con la imperiosa necesidad de contar mi historia, avasallado por la indiferencia de quien en otro momento hubiese explotado como un petardo en manifestación, ante tamaña confesión.
Sin darme por vencido, la seguí hasta la cama donde la encontré dormida, (estoy seguro que se hizo la dormida por no escucharme) Me acosté a su lado vestido aun con el traje de la fiesta y empecé otra vez con el asunto. Ella entonces volteo, me abrazó, con una mano acerco mi cabeza hacia su pecho y me cubrió con la sabana. Yo seguí balbuceando mi confesión, ebrio y alucinado por la ira que me causaba su incredulidad, hasta que con un beso certero, esta vez en los labios, me silencio para siempre. Y agrego casi maternal:
-shhhh, ya no digas tonterías.
Angel García Núñez.
New York, October 17, 2007

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